Buen tiempo, buen humor

El clima nos está dando una tregua. El hecho de que coincidan un día festivo y uno de buen tiempo no debe de ser lo más habitual aquí, con lo que ayer las calles de mi barrio estaban llenas de gente. Gente con carros de niños, paseando al perro, mayores con bastón… y todos de buen humor. Salí a media mañana y, mientras me colocaba la cámara al cuello a la salida del portal de mi edificio, una señora me preguntó alegremente en francés si quería que hiciera una pose. Y yo, con mi A2 flojillo, me he reí y ya. El nivel de idioma no me da para más que para entender y sonreír.

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Los quince grados de estos días pasados son excepcionales, me dice todo aquel con quien surge el tema del tiempo en inglés o en castellano. Uno que llegó en pleno agosto en chanclas cuando aqui ya estaban a diez grados y lloviendo, y que me puedo considerar afortunada. Creo que ayer fue sido el último día en el que alcanzamos los quince grados. La aplicación del tiempo me dice que hoy bajamos de repente a diez, el jueves a nueve y a partir de ahí ya es un descenso inevitable a los infiernos del mal tiempo. Lluvia, viento, noches desagradables y caminos hacia el trabajo al trote para entrar en calor.

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No es que viva en la ciudad más fría del planeta, pero desanima pensar en que se acaban los paseos a la hora que me apetezca. Aunque lo que peor llevo es, probablemente, el no cambio de hora pese al retroceso en el meridiano. La puesta de sol de ayer fue a las cinco y cuarto de la tarde según Google, hora a la que yo acababa de salir de casa para dar una vuelta y aprovechar el buen tiempo como los belgas llevaban todo el día haciendo. Y, como sabemos, esa hora no hará más que retroceder y retroceder hasta plantarse casi en las cuatro y media de la tarde. A cambio, en verano amanece a las cuatro y media de la mañana. A ver, ¿quién no querría unos horarios así?

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En fin, que estoy aprovechando para conocer todos los parques de Bruselas antes de empezar a trabajar y tener menos tiempo para disfrutar de la ciudad. Ayer conocí el Georges Henri, el del Cinquantenaire y el Parc de Bruxelles. El otoño campa a sus anchas por ellos y deja unas estampas de colores que había que captar con la cámara. Hoy las fotos son propias.

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Y, como bonus…

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